Viaje al Gran Cañón. Capítulo 7

La endemoniada tía Berta

El encuentro con el señor Prima me ha llenado de optimismo. Desde que conocí a Al no había vuelto a tener apenas una conversación con nadie. Cuando les cuente a mis padres a quién he conocido, creerán que les estoy tomando el pelo.

En el día de hoy he avanzado muy pocas millas en dirección a Boulder pero no es algo que me preocupe. He disfrutado detenidamente de las espectaculares areniscas rojas del Valle de Fuego.

He decidido rodear las montañas Muddy por el este y así poder ver, seguramente mañana, donde el río Colorado desemboca en el lago Mead. Las temperaturas de hoy han sido muy suaves y agradables. Desde que he salido del Valle de Moapa me he estado cruzando de vez en cuando con gente, tanto locales de paseo como turistas.

A última hora de la tarde, pasado el pequeño arroyo Slim, a la altura de Stewarts Point, ya buscando un buen lugar para acampar, me encuentro en el camino a un hombre a caballo, detenido. Desde lejos me parecía que estaba mirando el río pero al acercarme parece que tiene la mirada perdida en el infinito.

—Señor, buenas tardes, ¿se encuentra bien? —le pregunto.

—Oh, buenas tardes. Sí, estoy bien, gracias por preguntar. De viaje, por lo que veo.

—Sí, estoy viajando alrededor del Cañón. Mi nombre es Ricardo; encantado.

—Yo soy Ira; encantado. Estoy buscando un lugar muy concreto, cerca del arroyo, pero no vengo desde hace muchos años y no consigo encontrarlo. Quizá mañana, con más luz.

—Cuando le he visto me ha parecido verle preocupado. No quiero ser indiscreto ni meterme en los asuntos de los demás pero si hay algo en lo que le pueda ayudar…

—Se lo agradezco. No se preocupe. Verá usted, aquí en esta alforja llevo un bote con las cenizas de mi tía Berta. Hace años, mi padre me trajo hasta aquí y me dijo que, en el improbable caso de que la tía Berta muriese antes que yo, era importante que esparciese sus cenizas aquí.

—Vaya, debía de ser joven entonces. Lamento su perdida.

—Oh, no. Murió hace unos días con ciento nueve años. Sé que le parecerá todo muy raro pero es que la tía Berta era… bueno… digamos que peculiar.

Y añadió: —¿Sabe qué?. Ya he venido preparado de casa por si tenía que acampar. Le invito a cenar. He traído un buen guiso casero y no he escatimado en cantidad. ¿Qué le parece?.

—Vaya, es usted muy amable. Acepto con gusto. Muchas gracias.

Unos minutos después, ya con comida caliente en el plato, nos sentamos a conversar.

—Verá usted, la tía Berta era en realidad mi tía-abuela; era hermana de la madre de mi madre. Mi padre tiene muchas hectáreas dedicas al cultivo de la alfalfa y enviudó cuando yo tenía sólo cuatro años. Como somos tres hermanos y mi padre trabajaba mucho, la tía Berta, sin que nadie se lo pidiera, apareció un día en casa para ocuparse de nosotros. Venía desde Oregon.

Y continuó: —Para que se vaya haciendo una idea, le diré que mi padre solía comentar que el día que apareció, cayó una de las peores tormentas que se recuerdan en el condado de Clark, y que era Dios advirtiéndonos de la llegada de la tía Berta.

La Endemoniada Tía Berta
Composición 3D: Luis Polo

—¿Sabe uno de los primeros recuerdos que tengo de ella?. Poco antes de que llegara, en la feria del condado, mi padre había comprado algunos corderos. El caso es que yo me encariñé con uno al que puse de nombre Mickey, y adopté como mascota. Mi padre, a regañadientes, aceptó no sacrificarlo. La tía Berta era de aquélla idea que pensaba que si un niño no estaba gordo significaba que no estaba bien alimentado. Bueno pues al mismo día siguiente de llegar, recuerdo escucharla como le gritaba a mi padre diciendo que era una vergüenza que no tuviera a sus hijos bien alimentados, que qué clase de padre era… Ese tipo de cosas.

Me miró fijamente y siguió: —Entonces la tía Berta salió por la puerta. Mis hermanos y yo fuimos a toda velocidad a la ventana, para ver qué hacía y vimos como se dirigía con gran decisión hacia los animales. Quizá instintivamente, recuerdo que grité: ¡A Mickey no!. En el instante siguiente conocí al demonio en persona. Lo recuerdo como si fuera ayer. Aunque al estar de espaldas no vi al detalle qué hizo exactamente, vi como extendía ambos brazos hacia los lados, con la mano derecha cogió a Mickey por el pescuezo y, como quien va a aplaudir con todas sus fuerzas, juntó las manos delante del pecho y vi como la cabeza del pobre animal perdía la vida.

Negó con la cabeza y continuó: —Cuando se giró de nuevo hacia nosotros, en mi mente infantil recuerdo escuchar el suelo quebrarse bajo sus pies con estruendo, se lo juro. Aquélla mujer no tenía alma. Nos tuvo a mis hermanos y a mi casi una semana comiendo a Mickey. Aquello fue lo peor. Mientras, a mi padre no le servía nada más que judías con patatas casi crudas.

Tras una breve pausa, siguió:

—Desde que llegó, nos tuvo comiendo durante meses habas con tocino cinco días a la semana, hasta que ganamos el peso que a ella le parecía el adecuado. Llenaba tanto los platos que llegado un momento nos daban arcadas porque no nos cabía más dentro. Pero tenías que comerlas si no querías pasarte toda la tarde sentado delante del plato.

Y añadió: —Una vez, mi hermano Tim, que era muy rebelde y peleón y por aquél entonces debía de tener unos siete años, se negó en redondo a comer más habas con tocino. Pensó que tirando el plato al suelo evitaría que lo tuviera toda la tarde sentado a la mesa. Entonces la tía Berta le dijo: «Bien, pues lo comerás directamente de la pota». Tim, como si fuera un gato, pegó un salto de la silla y de rodillas, se agarró con todas sus fuerzas a la pata de la mesa. La tía Berta lo agarró de los tirantes del peto y fue arrastrando a Tim y a la mesa por todo el comedor, hasta la cocina. Mientras, allí estábamos padre, mi hermano Jaime y yo sentados, cuchara en mano y sin mesa, mirando atónitos el espectáculo.

Yo seguía intentando evitar la sonrisa porque la situación es muy triste pero la forma en la que la cuenta, imaginándome a los tres con sus cucharas y la mesa marchándose… Entonces siguió:

—Después de comer, recuerdo al pobre muchacho limpiando el suelo del comedor, sufriendo de arcadas por haber comido tanto, y la tía Berta vigilando, no sólo para que terminase la tarea si no para que nadie le ayudase, mirando por encima del periódico, que sólo abría por la página de sucesos y por las esquelas. Creo que le gustaba leer que la gente se moría, y si era con sufrimiento, mejor.

Entonces añadí: —Perdóneme si se me escapa una sonrisa pero parece que lo cuenta usted más como una comedia que como una tragedia.

—No se preocupe, es cierto. Verá, cuando convive tantos años con una persona así aprende a ver la vida de otra manera. Es como un método de supervivencia. La verdad es que tiene mucho de comedia.

Y continuó: —Una vez, cuando nos llamaron a almorzar, mi hermano Jaime se adelantó a nosotros y se encontró de bruces, en la puerta de casa, una enorme serpiente de cascabel. Con el grito que dio, apareció la tía Berta que la vio y avanzó hacia ella mirándola fijamente a los ojos. En esto, la serpiente se lanzó contra ella y le mordió con todas sus fuerzas por debajo de la rodilla. Créame que nunca he visto nada igual a lo que pasó después. Así como le mordió, instantáneamente cayó boca arriba, con la lengua de fuera, tiesa como un palo.

—¿La tía Berta? —pregunté.

—No señor, la serpiente. Se quedó como seca, muerta. La tía Berta la cogió por la cola y la lanzó fuera de la cerca como el rey David lanzó la piedra con su honda. Se dio la vuelta, se encerró en su habitación y salió a los dos minutos como si no hubiera pasado nada, dando voces para que fuéramos a almorzar. Recuerdo que aquél día, mientras comíamos, resoplaba por la nariz, como un caballo cuando está nervioso.

Intentó recomponer un gesto serio y siguió: —Créame que no me gustan nada las serpientes pero aquélla vez sentí pena por aquella pobre criatura de Dios, acabar sus días de semejante manera. La tía Berta tenía el don de humanizar a la peor bestia, por comparación.

Sonrió a la vez que negaba con la cabeza y añadió:

—Padre tenía un coche pero no le permitía a la tía Berta usarlo porque conducía como el mismísimo diablo. No es que temiera que se matase ella, si no que matase a otras personas. Ella seguro que saldría ilesa del peor accidente, aunque la arrollara un mercancías. El caso es que cuando tenía que ir al pueblo, tenía que enganchar un caballo a un viejo carromato que aún teníamos. Un día la estaba mirando por la ventana. La mujer de aquélla ya debía de tener más de ochenta años y como los caballos no estaban acostumbrados al carromato, peleaban un poco para engancharse. Yo estaba pensando en salir a ayudarla cuando vi como, con la mano abierta, le pegó al animal semejante bofetón que hizo tambalearse al brabante de casi una tonelada, que desde ese momento obedeció dócilmente.

Hacía ya rato que a mi me era imposible evitar las carcajadas y se notaba que Ira también estaba disfrutando; desquitándose. Y continuó:

—Recuerdo una vez que estaba haciendo mis ejercicios de álgebra, que me costaban un mundo, mientras la tía, que estaba sentada a mi lado, vigilando, noté como comenzaba a respirar como si estuviera durmiendo. Yo pensé en aprovechar para ir a la cocina a darle un bocado a la cecina y volver antes de que se diera cuenta. Entonces me acerqué un poco para asegurarme de que dormía y al hacerlo, el ojo que antes no le veía, resulta que estaba tan abierto como las puertas del infierno, clavado en mi como la espada del rey Arturo en la piedra. Le prometo que recuerdo aquél ojo de color rojo. Me hizo juntar las puntas de los dedos y me dio diez veces en ellas con una regla de metal, con un bofetón de regalo. Tenía una habilidad especial para eso también. Cuando te ponía un castigo siempre tenía una sorpresa aparte, de esas que ya no te esperas, que son las que más duelen. En realidad creo que tenía una habilidad especial para el mal en general.

Y añadió: —Podría pensar que no estaba dormida pero en realidad creo que esa mujer dormía de verdad con un ojo abierto. Si hay alguien capaz, era ella. Mi padre solía decir que esa mujer no se moriría nunca porque Lucifer no lo permitiría, por miedo a que le quitase el puesto. El día que se murió, que lo hizo oponiendo mucha resistencia a pesar de su edad, creo de verdad que luchaba con el demonio y no le quepa duda de que ganó mi tía.

Levantó la cabeza como recordando y siguió:

—Y ésta es muy buena, verá: padre había contratado de capataz al señor Scott. Un hombre bueno, trabajador y muy educado, que con el tiempo acabó siendo gran amigo de la familia. El caso es que por algún misterio de la naturaleza que no alcanzo a comprender, el señor Scott se sentía atraído por la tía Berta. Un día, no sin cierto temor ante lo desconocido, el señor Scott le comentó a padre, por ser el familiar más cercano, que le iba a pedir matrimonio a la tía Berta. Padre intentó disuadirlo como quien habla con un suicida que va a saltar desde un puente pero el señor Scott ya estaba decidido. Mis hermanos y yo, que habíamos escuchado lo que iba a pasar, estuvimos al acecho toda la tarde para no perdernos el acontecimiento. Quizá no sea casualidad que padre invitó a cenar esa noche al doctor Robinson, el médico del pueblo.

—¡Esperando lo peor! —añadí con una carcajada.

—No lo dude. Llegado un momento al atardecer en el que la tía Berta volvía con un hatillo de patatas de la despensa que teníamos a un lado de la casa, el señor Scott vio su oportunidad y con algo de timidez y mucho temor, saludó a la tía Berta y se acercó a hablar con ella, en el momento en el que se marcaría un antes y un después en la vida del incauto. La tía Berta lo saludó con un «buenas tardes», y he de decir que fueron las únicas palabras que pronunció en el acontecimiento que se desencadenó a partir de ese momento. Mientras el señor Scott hablaba, vimos como la cara de la tía Berta se iba transformando, de la incredulidad a la ira. En ese proceso de metamorfosis, juraría que al señor Scott, dándose cuenta de la temeridad de su empresa y viendo la que se le venía encima, ya sin vuelta atrás, le afloraron lágrimas en los ojos. La tía Berta movió el hatillo de patatas hacia atrás para coger impulso cual lanzador olímpico y, cortando el aire, lo estampó en la cara del pobre señor Scott, que cayó de espaldas como una figurita de plomo.

Ambos reímos a carcajadas, y siguió:

—Padre, compasivamente permitió al señor Scott no venir a trabajar hasta que su cara recuperase su color normal, cosa que llevó diez días. Cuando volvió, era muy evidente que su ojo izquierdo miraba más hacia arriba que el derecho. Y así fue como la tía Berta dejó al bueno del señor Scott con el ojo derecho mirando al frente, y el izquierdo mirando hacia Nuestro Señor, para el resto de su vida.

Ira hizo una pausa con gesto pensativo y añadió:

—Aún así, ¿sabe qué?. Es cierto que le guardo rencor por muchas de las cosas que hizo pero no le tengo odio. Verá, mi padre fue un buen padre. Es cierto que siempre estuvo muy ocupado con las plantaciones pero fue capaz de generar un negocio que hizo que nunca nos faltara de nada; siempre tuvimos comida en el plato y nos pagó todos los estudios que le pedimos, y además, siempre nos trató bien. Sin embargo, no sé lo que habría sido de esta familia si no hubiera sido por la tía Berta. ¿Quién se habría ocupado de nosotros, siendo tan pequeños?.

—¿Cree que de alguna manera les ha ayudado? —pregunté.

—Tanto mis hermanos como yo nos hemos labrado una buena vida, somos serios y disciplinados siempre que tenemos que serlo y no tenemos vicios. No me malinterprete, no quiero decir que apruebe sus formas de educar. Yo he educado a mis hijos con cariño y respeto, y jamás les he puesto una mano encima pero la tía Berta, a su manera, quizá haya hecho, al fin y al cabo, como usted dice, algo bueno por nosotros.

Tras unos segundos de silencio, añadió:

—Nunca conseguí que mi padre me dijera por qué motivo tenía tanto interés en que esparciera sus cenizas en ese punto en concreto y yo, de aquélla era joven como para darle el interés que merecía a tal motivación. Es algo que ambos se han llevado a la tumba. En fin, ha sido usted muy paciente al escuchar toda esta historia; espero no haberle aburrido.

—No por favor, al contrario, ha sido un placer escucharle y el guiso estaba delicioso. Muchas gracias por ambas cosas -. Y tras unos segundos de silencio, añadí: – Creo que es un buen momento para retirarse a descansar. Que pase usted una buena noche. Mañana será otro día.

Continuará

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