Viaje al Gran Cañón. Capítulo 3

North Rim

Unos pocos minutos después de dejar atrás las cabañas de Phantom Ranch, siguiendo el cañón Bright Angel, me encuentro con las llamadas cataratas Ribbon, que a pesar del estruendo del agua al caer, me parece un lugar apacible y además de gran belleza.

A mi me vendrá bien sentarme unos minutos en soledad después del acontecimiento de las cabañas y dejaré que Margaret se sacie de agua fresca. A partir de mañana entraremos en zonas desérticas y si no nieva tendremos que empezar a racionar el agua. Será un buen sitio para llenar las cantimploras y el odre.

A partir de las cataratas, el camino comienza a estrecharse poco a poco y a ascender de forma cada vez más pronunciada hasta convertirse en un estrecho desfiladero con una peligrosa caída pero Margaret se mueve con aplomo y seguridad. A pesar del peligro, el sendero es de una notable belleza.

No tardamos mucho en alcanzar la cima, donde nos adentramos en el gran bosque que cubre la Meseta del Kaibab casi en su totalidad.

Nada más alcanzar el North Rim, en el extremo sur de la meseta, nos encontramos con algunas viviendas y la carretera Arizona 67, que termina al borde del cañon, aunque sólo la seguiremos en un pequeño tramo.

El cielo sigue completamente cubierto y el frío es penetrante.


Cuando dejamos atrás la carretera, nos volvemos a adentrar en la espesura del bosque, de una belleza realmente espectacular, poblado de pinos, álamos y abetos.

Poco después del mediodía, en medio del camino, aparece un caballo ensillado, sólo y sin atar, pastando tranquilamente pero no se ve a nadie a simple vista. Es una situación extraña y preocupante. Si alguien se hubiera accidentado me sería muy difícil encontrarlo en un bosque tan espeso.

– ¡Hola!, ¡¿hay alguien?! -. No hay respuesta y vuelvo a gritar un par de veces más pero sigo sin tener contestación.

Al momento, a unos 70 pies, me parece distinguir algo entre los árboles y me apresuro hasta allí.

Según me voy acercando, empiezo a distinguir varios cuerpos tendidos en el suelo de forma desordenada, a la vez que me invade una intensa sensación de pánico.

Cuando ya estoy suficientemente cerca, comienzo a ver la situación: varios jóvenes con sus petates, un buen montón de botellas vacías de diferentes licores, una hoguera mal apagada, y un Ranger.

El pánico se transforma en una momentánea sensación de alivio, y que rápidamente se transforma en indignación.

Ver a unos jóvenes en esta situación es digno de una buena reprimenda pero que se encuentre entre ellos un Ranger que debería de estar en servicio es indignante.

Sin duda son los excursionistas que esperaban en Phantom Ranch y el oficial que salió a buscarlos.

De malas maneras, comienzo a darle patadas en las piernas para que despierte, cosa que me lleva un buen rato y a lo que no recibo más que gemidos enfadados, hasta que finalmente abre los ojos.

 – Por el amor de Dios, ¿no le da a usted vergüenza?. ¡Levántese!.

 Como un niño enfadado al que despiertan antes de tiempo: – ¿quién es usted para hablarme así?. Soy el Ranger de la zona.

 – Ya sé que es usted el Ranger. Por suerte la placa que lleva puesta es de metal y no se la ha podido beber.

 – Bien, pues siga su camino a dondequiera que vaya, que ya me ocupo yo.

 – ¿Cree usted que le voy a dejar al cargo de estos chicos en la situación en la que está?. Hace un frío de muerte, pronto lloverá y probablemente nieve, y tienen que bajar por un peligroso desfiladero.

 – Oiga, se está empezando a pasar de la raya. ¿Está buscando pasar la noche en un calabozo?.

 – Oh, desde luego, le acompañaré gustosamente y en cuanto lleguemos daré parte de usted. Les será muy fácil comprobar lo que ha pasado. No se merece usted esa placa. Los contribuyentes le pagamos para que evite estas situaciones, no para que participe en ellas. ¡Es usted una vergüenza para el cuerpo de Rangers!.

En ese momento, intentó incorporarse rápidamente pero su lamentable estado hizo que se tambaleara y al estar tan cerca de él, me dio tiempo a agarrarle del brazo antes de que se fuera al suelo.

Permaneció unos segundos en silencio, como entrando en sí, y parece que ver el panorama desde arriba le hizo por fin ser consciente de la situación en la que se había metido y entrar en razón.

 – Oh no, no, no. No me puede estar pasando esto -. No paraba de repetir.

 – No parece que le hayan obligado.

 – ¡Perderé el trabajo!.

 – ¡Es usted adulto para hacerse cargo de las consecuencias de sus actos!. ¿No le parece?.

 – El alcohol es mi perdición. Llevaba seis meses sin beber por la insistencia de mi esposa. Estos son buenos chicos que sólo querían divertirse unos días. Trabajan de peones en el petróleo, en Tejas, y es un trabajo muy duro. Me apiadé de ellos, empezamos a charlar…

 – Está bien. Vamos a intentar arreglar esto. Despiértelos mientras preparo un fuego.y nos tomáremos todos bastante café. Le prepararé a usted un buen cordial para que esté en condiciones de guiarlos por el desfiladero sin matar a nadie. Además, por más que les cueste, almorzaremos. Es buena hora y les hará falta para afrontar este frío.


Cabizbajos y en silencio, terminamos de almorzar.

 – ¿Qué hará usted con respecto a esta situación? – me preguntó el Ranger.

 – Confío en que ha aprendido la lección y desde hoy se hará digno de la responsabilidad que le han encomendado al ponerle esa placa.

 – No le quepa duda.

Todavía le quedaba algo de orgullo para no dar las gracias verbalmente por mi discreción pero su mirada era lo suficientemente expresiva como para entenderla con claridad.

White Pockets y el arroyo Kanab

Sé que tengo una escala de valores demasiado estricta y un sentido de la responsabilidad que a veces puede llegar a ser excesivo. Es lo que me provocó un fuerte enfrentamiento con el fiscal Robert H. Jackson en Nuremberg, en el juicio al nazi Albert Speer, y también algunas críticas en California; un sitio donde los valores están cada vez más difuminados.

Sin embargo no soy intransigente. Sé que todos cometemos errores y merecemos una segunda oportunidad. Especialmente cuando somos conscientes de las consecuencias que han provocado nuestros actos.

No sé si ese joven Ranger volverá a beber; lo que haga en su tiempo libre no es de mi incumbencia pero estoy seguro de que no lo volverá a hacer mientras trabaja.


Hacia última hora de la tarde, siguiendo rumbo nornoroeste, comienzo a notar que el bosque se va haciendo cada vez menos denso.

El frío y el viento auguran que la noche va a ser dura. Me tomaré mi tiempo para preparar un buen fuego que deje unas brasas duraderas y una cena caliente y relajada. Ha sido un día muy intenso. Después comenzaré a escribir la primera carta para ma y pa antes de dormir.

Viaje al Gran Cañón. Capítulo 3

Falta poco para las seis de la mañana cuando ya hay suficiente luz. El sol ya ha debido de salir pero el cielo sigue completamente cubierto y hay una espesa niebla. Está cayendo una ligera aguanieve. 

Mientras me tomo un café bien caliente y un desayuno copioso, aprovecho para revisar los mapas. Estoy en la zona de Big Springs, a punto de dejar atrás el bosque de la Meseta de Kaibab.

Muy poco después de iniciar la jornada, la densidad del bosque disminuye notablemente y se va transformando en matorral, que a su vez, también va desapareciendo poco a poco.

El suelo vuelve a convertirse exclusivamente en las areniscas y calizas típicas del condado de Coconino, que estoy pisando desde que llegué a Flagstaff.

Poco después de media mañana, el cielo sigue completamente cubierto pero la niebla se ha disipado cuando alcanzo el cañón White Pockets.

Allí, se muestra ante mi un paisaje digno de un cuento. Las formaciones rocosas parecen dibujadas sobre un lienzo por la mano de un artista excepcional, lleno de redondeadas curvas inverosímiles, con tonos rojos, tostados y amarillos.

Me quedaré un rato por aquí hasta la hora del almuerzo, disfrutando de este paisaje.

Nunca me habría podido imaginar la belleza que guarda esta región para un viajero.


Poco después del almuerzo, a apenas media milla de aquí tengo que empezar a buscar un lugar por el que descender al cañón Lawson, que es por el que desciende el arroyo Kanab. El primero que mantiene mi incertidumbre sobre el futuro de este viaje.

No me lleva mucho encontrar una hondonada practicable para el caballo, por donde baja un intermitente hilo de agua de las precipitaciones que vierte hacia aquí la meseta, aunque deberemos ir con cuidado; el desnivel es bastante pronunciado por algunas partes. Aunque ya veo el cauce, desde aquí aún no puedo distinguir el estado del arroyo.

Según me acerco, el ruido comienza a ser fuerte, lo que no indica nada bueno.

Sin embargo cuando por fin lo veo, me embarga una sensación de optimismo. No tiene más de 30 pies de ancho y aunque la corriente es fuerte y hay zonas impracticables, veo otras, una casi justo frente a mi, donde hay poco calado.

Parece el lugar idóneo y animo a Margaret, que no parece tenerlas todas consigo y titubea.

Apenas mete las cuatro patas en el agua, el suelo resulta ser mucho más fangoso de lo que parece y se hunde casi hasta las rodillas. Avanzar es imposible. Verse en peligro lo hace pisar con mucha inseguridad mientras intentamos recular de vuelta a lo orilla, pero a pesar de estar justo al lado, la empresa es de una dificultad enorme y mientras intento mantener la calma, a Margaret le embarga el nerviosismo y por dos veces hemos estado muy cerca de caer.

Si eso pasa, en el mejor de los casos perderíamos todos los víveres y enseres necesarios para un viaje tan largo. La saca donde guardo forraje para Margaret está completamente llena de agua. El Marlin, mi rifle, también se está encharcando.

Finalmente, con enorme dificultad y sudor frío, conseguimos volver a la orilla. Estoy realmente orgulloso de Margaret. Un caballo más débil de fuerza o de carácter no lo habría conseguido.

Debo coger una rama de arbusto y tantear el suelo hasta encontrar un fango menos profundo.

Por un momento pienso en si lo mejor será pasar andando, tirando de las riendas de Margaret, pero necesitamos todo el peso posible para llegar hasta el lecho de roca y las patas de un caballo son perfectas para eso.

Después de mucho tantear con la rama, encuentro un sitio que podría ser bueno; por lo menos en las cercanías de la orilla lo es.

Empiezo a tener prisa y se me acaban las opciones. En el primer intento me he empapado casi hasta la cintura, y el frío y la falta de sol me están empezando a inducir una hipotermia; ya conozco esa sensación.

Debemos apresurarnos.

Cabalgo de nuevo y animo a Margaret. – ¡Vamos!. Podemos hacerlo amigo mío. Podemos hacerlo.

Continuará

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