Viaje al Gran Cañón. Capítulo 1

Margaret

En el verano del 49, en una de nuestras estancias trimestrales en la granja de Jack Pine, Juan, padre y yo estábamos encaramados a la cerca observando los caballos salvajes recién llegados.

A los tres nos llamó poderosamente la atención un potro mustango palomino que debía de rondar los treinta meses.

Aunque no era muy alto, estaba perfectamente musculado, se movía con una elegancia excepcional y galopaba con la facilidad de un auténtico corredor. Hacía muchos años que no veíamos un ejemplar como ese.

– ¿Quién se atreve con él? – dijo Juan.

– Yo lo domaré; ese potro es para mi – contestó padre.

 – Un momento pa, ambos tienen caballos jóvenes y el mío ya está muy mayor, – le dije – y además, no se lo tome a mal pero ese ejemplar quizá requiera de unas dotes que ninguno de los tres tenemos. Deberíamos de pedírselo a Ned.

 – No acuses a los demás de tu incapacidad. Yo podría hacerlo perfectamente pero está bien, para que no te preocupes de tu anciano padre, – dijo esto con énfasis – se lo pediremos a Ned.

Juan y yo nos miramos intentando disimular una sonrisa.

Margaret en Manada - Lobo Tactical - Viaje al Gran Cañón. Capítulo 1

Padre sabía que no podría con semejante ejemplar pero él es así. A pesar de ser un hombre muy familiar y de desbordar bondad y generosidad, tiene una manera de relacionarse muy abrupta. Es de esas personas que se pueden enfadar cuarenta veces al día pero de una forma muy teatral y a veces hasta cómica.

Recuerdo que antes de marcharme a Los Ángeles, cuando había tensión en casa por cualquier motivo, se enfadaba por cosas insignificantes y al minuto estábamos los tres riendo por sus maneras. Lo hacía a propósito. Es la única persona que conocí en mi vida que utiliza la ira como método diplomático.

Ned es uno de los hombres a los que pa contrata para que nos ayuden con las domas cuando traemos ejemplares nuevos. Es conocido en todo el estado por su experiencia. Tiene un don natural capaz de domesticar a la peor bestia.


Al siguiente trimestre, la misma mañana en que llegamos a la granja, Ned me dijo que en un par de días padre ya podría subirse al mustango, para probar cómo lo aceptaba.

Dos días después, un poco antes del almuerzo, padre decidió que ese era el mejor momento del día para probarlo.

Todos nos acercamos para ver el acontecimiento. Juan, Teresa y yo apostamos por el tiempo que tardaría en acabar tirado en el suelo.

Padre es un excelente jinete pero mide 6,3 pies y pesa alrededor de 230 libras. No todos los caballos lo aceptan (especialmente los mas listos) y lo acaban tirando al suelo. Por algún motivo, pa no termina de ser consciente de su tamaño.

Cuando nos acercamos, Ned todavía lo estaba montando en el cercado y debo decir que era un espectáculo ver trotar a ese animal. Ned tampoco es un hombre al que se le pueda llamar pequeño y sin embargo, el caballo trota con una agilidad como si no llevara a nadie encima.

Quizá haya perdido la apuesta.

Después de tantos años de matrimonio, madre se ha convertido en una experta a la hora de tratar a pa y ha aprendido que la mejor forma de que su relación siga como el primer día, es pagándole con su misma moneda. Pero como no sabe fingir la ira, le paga con sarcasmo.

Antes de entrar en el cercado, ma se acercó a él y con cara de serena felicidad, se despidió como si fuera la última vez, agradeciéndole tantos años de matrimonio, cosa que Teresa, Juan y yo aprovechamos para hacer también mientras pa refunfuñaba, aunque sé que disfrutaba del momento tanto como nosotros.

Cuando entraba en el cercado, Ned acababa de desmontar y el caballo giró la cabeza hacia padre, mirándolo fijamente mientras se acercaba.

Ned le entregó las riendas y en el momento en que levantó la pierna para calzar el estribo, el caballo avanzó un par de pasos hacia delante, haciendo tambalear a padre.

Con la decisión de quien se siente observado, tensó fuertemente las riendas de forma que el caballo no pudiese avanzar, volvió a levantar la pierna, y el caballo repitió la misma acción pero hacia atrás.

– ¡Por todos los demonios, Ned!. ¡Este caballo aún no está preparado!.

Mientras tanto, Ned, sin mediar palabra, se posicionó en el lado opuesto del animal y lo sujetó con fuerza con una mano en la carrillera y otra en las guarniciones de la silla.

– Pruebe ahora señor Kaplan.

Padre por fin encajó el pie en el estribo y montó.

Llegados a este momento, parecería que hasta las moscas estaban expectantes porque se hizo un silencio sepulcral.

Pa chasqueó varias veces la lengua sin resultado y entonces voceó:– ¡Jia! -.

El caballo permaneció inmóvil, como una estatua.

Entonces lo espoleó a la vez que volvió a gritar con todas sus fuerzas – ¡Jiaaa, Jiaaa! -, a lo que el caballo respondió con la más absoluta indiferencia; inmóvil y con la cabeza bien alta.

Mientras se bajaba del caballo con ostensible agresividad, la cara de pa estaba más roja que los tomates del huerto, mientras Ned, con la excusa de ajustar las cinchas, escondía la cara al otro lado de la silla para que pa no le viera reír.

Mientras caminaba hacia fuera del cercado y creyendo que ya había recuperado su color natural, padre levantó rápidamente la cabeza para ver si alguno de nosotros estaba riendo, tan de sorpresa que ninguno supo en qué otro lugar fijar la vista, mientras carraspeamos nerviosamente.

Entonces fijó su vista en mi – ¿No lo querías para ti?, pues todo tuyo.

Debo decir que mientras caminaba hacia tan peculiar potro, nunca me había sentido tan inseguro.

El animal me echó un vistazo rápido y siguió a lo suyo. Entonces calcé el estribo y subí.

Apenas con un pequeño gesto, el caballo empezó a trotar y al par de vueltas, lo azucé para que galopara.

El potro corría como si no tocara el suelo. Tuve la misma sensación emocionante que la primera vez que monté. Entonces ya no dudé que ese caballo sería para mi.

En los pocos minutos que estuve dentro del cercado llegué a olvidar la situación anterior con padre.

Cuando desmonté, miró al animal seriamente y dijo: – Este caballo es mentalmente impredecible e inconstante, si es que no tiene al demonio dentro. Se llamará Margaret.

Y esa fue la venganza de mi padre hacia un caballo que tendrá que vivir toda su vida con nombre de mujer.

Tren a Flagstaff

Desde hace varios meses, en memoria de Teresa, he decidido hacer el viaje que ambos teníamos planeado al Gran Cañón. Creo que, esté donde esté, no me lo perdonará si no lo hago.

Es Abril del 52 y la construcción de mi nueva casa de Jack Pine está bastante avanzada pero no quiero esperar a terminarla; tampoco tengo prisa. Creo que este será el mejor mes para hacer el viaje.

Los rigores del invierno que castigan la Meseta del Colorado ya están remitiendo y las temperaturas extremas del verano aún tardarán en llegar.

Margaret ha resultado en un caballo excepcional, como esperábamos casi todos.

Es cierto que tiene una personalidad muy peculiar pero siempre ha hecho lo que esperaba de él y estoy deseando emprender esta aventura a lomos de tan formidable animal.


A media tarde, ma me invitó a tomar una limonada en la cocina. Al día siguiente debía de estar en la estación Burlington, en Casper, para coger el tren a Flagstaff.

No sé qué tienen las cocinas que la luz del atardecer entra en ellas de una forma diferente a cualquier otra habitación, haciéndolas más acogedoras y relajantes.

– Deberemos acostarnos pronto para salir poco después de la media noche.

– Os dejaré suficiente café y bollos para el camino pero por favor, hijo, obliga a tu padre a ir tranquilo y a parar a descansar a medio camino. A ti te hace caso.

– Por el amor de Dios, ma, aún no ha cumplido los 59; está en plenas facultades.

– Lo sé bien pero ya has visto que con el nuevo Willys se emociona de más. ¿Iréis por la 26?.

– Sí, iremos al norte hasta Moran y cogeremos la 26 hasta Casper. Vamos con tiempo de sobra y el remolque de Margaret no le permitirá pasarse de la raya, pero no se preocupe, ya sabe que a mi tampoco me gustan las prisas.

– De todas formas, me despertaré con vosotros. Anda, vete a dormir.

– Usted también, ma, y arrastre a pa a la cama, ya sabe que no tiene buen despertar cuando no duerme lo suficiente.


Son las doce y veinticinco de la madrugada del lunes 14 de Abril de 1952 y ya está todo listo para salir. El cielo está despejado y la luna brilla con fuerza.

Ya está remitiendo la nieve del invierno pero en Abril las noches siguen siendo frías y aún se ven mantos blancos por muchas zonas, especialmente las más umbrías. El mercurio marca 23°F.

En esta época del año, cuando el sol empieza a calentar el valle y el rocío comienza a evaporarse, se forma una bruma baja que cubre todo el cauce del arroyo Granite de una forma que es digna de admirar.

Tenemos algo más de 300 millas de recorrido por delante con un par de paradas de descanso y avituallamiento. No veremos salir el sol antes de atravesar la Reserva Wind River.


Camino a Casper - Lobo Tactical- Viaje al Gran Cañón. Capítulo 1

Pasadas las diez, a la hora prevista, llegamos a Casper. El tren sale a la una de la tarde y tenemos tiempo para estirar las piernas.

Pa quiere buscar una librería para comprar un libro sobre hidrología. El sistema de abastecimiento de la granja lo hizo su padre pero no está diseñado para las necesidades actuales y se está quedando obsoleto; habrá que remodelarlo.

Una hora después, con el libro ya comprado, nos sentamos al sol a descansar. No estamos acostumbrados a pasar tantas horas conduciendo y además, habiendo pasado toda la noche despiertos y con el sol ya calentando, nos sentimos aturdidos y somnolientos.

 – Padre, debería echar una buena siesta antes de salir. Le quedan otras 300 millas de vuelta.

 – Sí, sin duda lo haré. Los párpados me pesan un quintal. Compraré algo de comer y moveré la camioneta a un lugar más tranquilo. ¿Cuando crees que estarás de vuelta?.

 – He calculado un mínimo de 700 millas para unos 25 días de recorrido; quizá un mes. De todas formas, os enviaré cartas siempre que pase por una población y antes de llegar de vuelta a Flagstaff, os escribiré con la fecha de llegada a Casper.

Después añadí: – Recuerdo las radios portátiles que usábamos en la guerra. Seguro que pronto alguien inventará una pequeña radio con la que nos podamos comunicar con cualquier persona, estemos donde estemos.

Luego, nos quedamos un buen rato en silencio. A pesar de mis años en la costa oeste no he perdido el carácter de las montañas, de hablar sólo cuando tengo algo que decir, y de disfrutar de la compañía aunque sea en silencio.


Con las primeras luces del 17 de Abril llegamos a Flagstaff. Ha sido un viaje muy cansado, con varios transbordos de trenes que han alterado nuestro sueño.

Buscaré un sitio donde Margaret pueda descansar tranquilamente y desasosegarse durante todo el día para que recupere fuerzas. A mi también me vendrá bien dormir una noche en una cama cómoda y darme un último baño en condiciones.

Antes del alba del día 18, todos lo hatillos están asegurados a la silla. El macuto que he guardado de la guerra me dará un buen servicio.

Con el frescor de la mañana, la emoción me embarga por la incertidumbre de los acontecimientos que deparará la expedición que en este momento comenzamos.

Continuará

Pulsa en este enlace para ver mi biografía: Ricardo Kaplan. Biografía

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