Viaje a Gran Cañón. Capítulo 8

Boulder City Blues

Por la mañana me desperté un poco más tarde de lo habitual. La conversación de anoche con Ira y su historia sobre la infame tía Berta me dejó cavilando sobre muchas cosas.

Al salir de la tienda vi que a Ira le debió de pasar lo mismo porque va con el mismo horario que yo. Nos tomamos un buen desayuno acompañado de una cordial conversación y nos despedimos.

Me pasa algo que puede ser tanto un defecto como una virtud. Cuando conozco a una persona con valores parecidos a los míos, con la que comparto experiencias y preocupaciones, no puedo evitar crear un vínculo con esa persona desde el primer momento; es algo que me ha pasado toda la vida. Me apena pensar que, al despedirnos, con toda probabilidad nunca nos volveremos a encontrar, y sin embargo las tendré presentes en la memoria durante toda mi vida.

El resto del día transcurre con poco que reseñar. El clima, aunque ya hace dos días que no llueve, sigue siendo inestable y con unas temperaturas impropias de este lugar para esta época del año, cosa que en parte agradezco, pero que no me han permitido aclimatarme al calor que probablemente habrá en los próximos días.

Me he acercado hasta al lago Mead y luego he seguido en dirección a Boulder. Esporádicamente me encuentro con algunas formaciones rocosas de cierto interés pero el paisaje es algo monótono. Pernoctaré cerca de alguna de las bahías que hay, ya otra vez en el río Colorado, al norte de la presa Hoover, justo donde el río vira hacia el sur para iniciar un largo viaje hasta el Golfo de California.

Mañana será el último día que pasaré en lado norte de este fantástico río.


En las primeras horas de la mañana del jueves 1 de Mayo de 1952, con el cielo completamente despejado, veo no muy lejos la imponente ciudad de Las Vegas. El sol apenas está empezando a despuntar y todavía se distinguen centenares de luces de todos los colores imaginables. Aún no siendo una ciudad grande, la visión es imponente, sin embargo, no hay nada que me incite a ir hasta allí.

A media mañana ya estoy entrando en la pequeña ciudad de Boulder, en la que Teresa pasó algunos años de su infancia. A pesar de su tamaño, el tráfico es intenso. Es una de las principales vías de entrada a Las Vegas. Henderson está a apenas cinco millas de aquí.

Ato a Margaret y me siento en un banco en una calle algo más tranquila.

Aunque ya lo temía, una profunda melancolía me invade de golpe. No puedo evitar pensar en una pequeña Teresa de nueve o diez años correteando por estas calles, yendo a la escuela, esforzándose por aprender el idioma para disfrutar de la intensa e inocente amistad que se vive a esa edad, con sus compañeras de la escuela. Acompañando a su padre a las obras de la presa mientras este le explica las maravillas geológicas de la región. Mire a donde mire, la veo. Tanta inocencia y bondad con toda la vida por delante. Para luego volver a Francia y que el demonio se apodere de tu tierra y siembre el mal allá por donde pasa. Para luego volver a los Estados Unidos, volver a ver la felicidad en sus ojos, y un día, en cuestión de segundos, sin ni siquiera enterarte, todo se acabe.

Me parece odioso regocijarme en la pena y el dolor; quizá sea más por una profunda sensación de injusticia. Aún así, creo que necesitaba venir aquí y pasar por esto. Para terminar de despedirme, pero también para llevar a cabo un feliz proyecto que ambos deseábamos.

A la hora de comer, mi estómago no me permite nada pero me obligo a darle unos bocados a un poco de cecina. He pasado varias horas en Boulder sin ni siquiera enterarme, sentado en este banco.

A las cuatro y media de la tarde, con el sol apretando, de repente se escucha un murmullo entre la gente, como si hubiera ocurrido algo. Todo el mundo mira hacia el mismo lugar.

En dirección noroeste, muy a lo lejos, se ve un gigantesco hongo de humo emerger por encima de las colinas.

Viaje al Gran Cañón. Capítulo 8
Composición 3D: Luis Polo

El Hombre más Despistado del Mundo

Un hombre que pasaba a mi lado se ha detenido a verlo. —¿Ha visto eso? —me pregunta.

—Es sobrecogedor. Ya me habían advertido sobre estas pruebas atómicas pero me ha cogido desprevenido —le contesto, aún mirando el hongo.

—A esta creo que le llaman, o llamaban, «Dog». Es la cuarta en un mes. Buena parte de toda esta gente que pasa en dirección a Vegas viene sólo para ver estas explosiones. Se han convertido en una escalofriante atracción turística. ¿Le importa que me siente con usted unos minutos?. Llevo una hora buscando las llaves para poder entrar en el coche y volver a casa; las he debido de perder en este recorrido pero no consigo encontrarlas y me vendrá bien descansar un poco.

—Por favor, faltaría más. Mi nombre es Ricardo Kaplan.

—Frank Killing, encantado. Disculpe mi indiscreción pero ya he pasado por aquí varias veces y me he fijado en usted porque me ha parecido verle preocupado. ¿Se encuentra bien?.

—Si, gracias por preguntar, estoy bien. Es sólo que este lugar me trae tristes recuerdos. ¿Ha pensado en llevar todas las llaves juntas?. Le será más difícil perderlas, y si eso ocurre, le será más fácil encontrarlas.

—Las llevo todas juntas.

—Entonces, supongo que no serán las que lleva colgando de la trabilla, ¿no?.

Frank se miró las trabillas del pantalón y se llevó las manos a la cabeza. —¡Por el amor de Dios!. Cuando se lo cuente a mi mujer se reirá de mi durante un mes.

—Bueno, un despiste lo tiene cualquiera —le dije.

—Si, un despiste lo tiene cualquiera pero lo mio tiene delito. Si abre la enciclopedia y busca la palabra despiste, verá mi cara —dijo con humor—. De hecho, yo mismo podría escribir una enciclopedia de despistes con mi propia experiencia.

—No será tanto —reí.

—Oh, créame que si. Sería imposible contarle todas mis mejores hazañas porque necesitaría varios días pero le ayudaré a hacerse una idea. Así, de primeras, recuerdo la noche en que mi mujer, Edna, se puso de parto de nuestro primer hijo. Nos subimos al coche, y entre gritos infernales, conduje a toda velocidad al hospital. Al llegar, Edna asomó la cabeza por la ventanilla y al ver como le cambiaba la cara, caí en la cuenta de que no estábamos en el hospital, sino frente a la comisaría de policía. Me agarró por la solapa de la chaqueta y me dijo, en tono in crescendo: Ya puedes conducir hasta el hospital como alma que lleva el diablo porque como tu hijo tenga que nacer en el coche, te juro que te mataré y meteré tu cadáver en uno de tus malditos congeladores.

Mientras Frank sonreía divertido, y no sin cierta cara de orgullo, yo no podía evitar unas sonoras carcajadas, imaginándome la situación.

Cuando por fin pude articular palabra, le pregunté: —¿Congeladores?, ¿trabaja usted con congeladores?.

—Oh no, eso me lleva a otra buena historia. Verá, mis despistes me llevaron una vez a la fama. Me convertí en la comedia de todo el condado, o incluso de todo el estado. Aún hoy, después de tantos años me lo recuerdan.

Y continuó: —Siempre me ha parecido fascinante la electricidad, me gusta mucho y es algo que se me da bien desde muy joven. Al terminar el instituto, con mi amigo de la infancia Eddy Hyde, nos pusimos día y noche a trabajar en un sistema de refrigerado que acabó siendo excelente e incluso patentamos. Conseguimos hacer un arcón congelador que era mucho más silencioso, consumía menos energía, y refrigeraba tan bien o incluso mejor que cualquier otro, y además se podría vender prácticamente al mismo precio que cualquier otro congelador del mercado. Pedimos un crédito al banco y cuando tratamos con la fábrica, muy cordialmente nos ofrecieron, en vez de poner el nombre de la empresa con una chapa pegada, ponerlo en relieve, nos harían un descuento, porque quedaría mucho mejor; nos decían, le daría clase. Recuerdo las palabras de aquél hombre: «Será inolvidable», nos dijo.

Tras una breve pausa, continuó: —Verá, Eddy tiene un corazón de oro y es muy trabajador pero no es muy listo, y yo, con mi «problema», y cegado por el éxito que seguro tendrían los congeladores, no lo vimos venir, hasta que llegó a nuestro almacén la primera producción.

—¿Qué es lo que no vieron? —le pregunté intrigado.

—El nombre. Éramos Frank Killing y Eddy Hyde. El nombre en relieve en los congeladores eran nuestros apellidos, Killing & Hyde, y ya no lo podíamos quitar.

Inevitablemente, exploté en una larga y sonora carcajada que hasta se me saltaron las lágrimas mientras Frank seguía con su sonrisa y esa simpática expresión de orgullo.

—Decidimos ponerlo a la venta igual, confiando en que quizá la gente le daría más importancia a su calidad, que ciertamente era excelente, pero sólo vendimos dos al simpático dueño de una carnicería. Delante de nuestro escaparate había decenas de personas todos los días, muertas de risa, pero lógicamente, nadie quería tener en su casa un arcón congelador en el que pusiera Killing & Hyde.

Y añadió: —Un periodista con exceso de confianza nos preguntó si habíamos probado a venderlas en Chicago.

Sonrió negando con la cabeza y siguió:

—Y aunque parezca mentira, el negocio no acabó saliendo mal. Una gran compañía nos compró la patente del motor por una buena suma de dinero, más que suficiente para pagar el crédito y abrir entre los dos un local de venta y reparación de electrodomésticos, que va muy bien y de la que podemos vivir cómodamente. Y hemos prestado atención a la hora de ponerle nombre.

—Me alegra ver que se toma su «problema» con humor —le dije.

—No le quepa duda. ¿Sabe?, no me importa que se rían de mi, yo ya me conozco. Tengo una vida divertida. Hasta el momento, mis despistes no han producido víctimas, Edna no se aburre conmigo ni yo con ella, mis hijos tampoco, y tengo un buen trabajo. ¿Qué más podría pedir?.

—Es cierto, tiene todo lo que se puede necesitar. Me alegro por usted.

—Bueno amigo mío, ha sido un placer compartir estos momentos con usted. Muchas gracias por ayudarme a encontrar mis llaves —dijo con una sonrisa.

—Igualmente, ha sido un placer. No deje usted de ser como es —le sonreí.

Unos minutos después de despedirme de Frank, me levanto por fin y salgo a buscar un motel tranquilo a las afueras para hacer noche aquí, en Boulder. La jornada ha cambiado radicalmente desde la mañana a la tarde. Mañana será un nuevo día.

Continuará

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