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Ricardo Kaplan y la Pequeña Calamidad

(Tiempo aproximado de lectura: 17 minutos)


Esta mañana he venido hasta Jackson a hacer algunas compras. Llego a primera hora para aprovechar el tiempo con tranquilidad y tomarme un buen desayuno aquí en el pueblo y de paso, haré un par de visitas. Primero voy a la tienda de conveniencia de los Miller a coger algunas cosas.

A estas horas el sol entra en horizontal a través de la gran cristalera, llenando completamente la tienda con una cálida luz. El carrillón de la puerta anuncia mi entrada.

—Buenos días señor Kaplan.

—Buenos días Paulie. ¿Cómo va todo?.

—Las verdad es que muy bien. Quizá en una o dos semanas ya tendré el dinero suficiente para comprarme un caballo. ¿Tienen algún mustango ahora en el rancho de su padre?.

Paulie se ha quedado prendado de Margaret desde que lo ha conocido y por eso se ha encaprichado con un mustango, aunque no sea el caballo ideal para un primerizo, pero nosotros se lo prepararemos bien; se nos da muy bien la doma.

—Sí, tenemos dos. Son de los buenos; creo que te gustarán. Pásate cuando quieras a verlos; siempre eres bienvenido. Y deja de llamarme señor Kaplan. Ese es el viejo de mi padre.

Paulie suelta una carcajada. —Está bien, Ricardo. Quizá el viernes a la tarde me pase.

Dejo las cosas en la ranchera y voy al bar de Sully a desayunar. Su esposa, que es quien se encarga de la cocina, prepara los mejores huevos con chorizo de todo el estado de Wyoming. Hace magia en la cocina.

Después de desayunar me quedo sentado diez minutos a fumar un cigarro mirando la calle a través de los ventanales. Tras este manjar, el tabaco sabe también más rico que nunca y se me hace corto.

—Felicite a Marge de mi parte, por favor. Es la mejor cocinera del mundo —le digo a Sully.

—De su parte, Ricardo. Gracias por venir.

Pago la cuenta y me dirijo al coche, que está a la vuelta de la esquina.

El coche está aparcado en la otra acera y mientras cruzo la calle, me parece ver que la puerta del copiloto está abierta. Apresuro el paso y al girar, pasando la parte trasera, veo a alguien metido de medio cuerpo, hurgando en la guantera.

—¡Eh!, grito.

Es una niña de apenas unos doce años que me ve y sale disparada como alma que lleva el diablo. Se mete en un pequeño callejón que hay entre dos edificios, justo a la altura del coche, pero la atrapo con facilidad, agarrándola del brazo.

—¡Suélteme!. !Suélteme! —grita con voz chillona.

—¡Niña!, estate quieta. ¿Qué has cogido?, ¡dime!.

Empieza a lanzar patadas con la pierna derecha, contra mi espinilla, una detrás de otra con la punta del zapato. No tiene fuerza suficiente para hacer mucho daño pero tiene la maestría de darlas todas en el mismo punto exacto y así sí que duelen.

—Estate quieta de una vez. ¡Dime!, ¿qué has cogido?. Enséñame la mano. No quiero hacerte daño.

—¿Usted?, ¿hacerme daño? —y suelta una forzada carcajada.

Justo en ese momento pasan por la acera, que está a apenas seis pies, todos los miembros del coro del pueblo. Son unas doce personas con una media de edad de unos setenta años, hombres y mujeres, que cantan canciones en fechas señaladas.

Al verlos, la niña comienza a gritar como una poseída: —¡Aaaaahh!, ¡pervertido!, ¡socorro, ayúdenme!. ¡Es un pervertido!.

Todos los del coro se giran, atónitos.

—¡La he cogido en mi coche…! —y antes de poder terminar la frase, todos murmuran con voces de sorpresa.

—Quiero decir que la he sorprendido robando en mi coche, ¡por el amor de Dios!.

Aunque lo dice en susurros, escucho perfectamente a la señora Lerner decirle a su marido: —Pobre hombre, acabar así. Se habrá echado a perder al quedarse viudo—. El señor Lerner le responde negando con la cabeza, con gesto apenado.

En ese momento, la niña aprovecha y sale disparada pero justo tras doblar la esquina del callejón, se da de bruces con el sheriff Mathews, que la coge por los hombros y le pregunta: —¿Qué ha pasado, muchacha?.

—Ese hombre me ha atacado. Es un pervertido —dice, señalándome con el dedo.

—¿Quién?, ¿el señor Kaplan? —le pregunta él.

—No sé cómo se llama. Ese, el que tiene cara de tonto.

—Oh, por favor…. Sheriff Mathews, es todo una treta. La he sorprendido robando en mi coche. Algo lleva en la mano; que la muestre.

Los del coro ya nos han rodeado formando una especie de anfiteatro y permanecen atentos a todo detalle. No se perderían toda esta situación por nada del mundo.

—¿Es eso verdad? —le pregunta el sheriff—. Abre esa mano, por favor.

La niña, que tiene el puño cerrado con fuerza, abre la mano y está vacía. Los del coro vuelven a murmurar un «oh» de sorpresa, al unísono. Hasta juraría que todos los hacen en la misma nota. La niña me mira con gesto sarcástico sin que el sheriff la vea.

—Mire —le digo al sheriff— ahí está mi coche, aún con la puerta abierta, justo la del lado por donde ha escapado.

El señor Lerner se acerca al coche y dice: —Uhm, con este coche se puede fácilmente raptar a una persona.

Otro del coro al que no conozco y que también se ha acercado al coche, añade: —Si, si. Y cometer fechorías en él.

—Oh, Ricardito, ¿cómo puedes hacerle estos a tus padres?, con lo buenos que son —me dice la señora Lerner.

—Oh, vamos señora Lerner, ¿cómo puede dar más crédito a lo que dice esta cría que a mi?.

La que está a su lado, como quien encuentra la prueba definitiva, se dirige a la señora Lerner: —¿Recuerdas al hijo de Dorita Bloom?. También se quedó viudo y dicen que se suicidó con una guadaña. Dios lo tenga en su gloria.

—El hijo de Dorita Bloom murió atropellado accidentalmente por un camión frigorífico —le contesto—. ¿Cómo alguien se va a suicidar con una guadaña?, ¿haciéndola rebotar contra la pared?, por el amor de Dios, ¿qué les pasa?.

Otro, el que debe de ser el marido de esta, se pone entre ella y yo con un gesto estoico muy teatral: —Oiga, muestre un poco de respeto al menos.

—Bueno, ya está bien —dice el sheriff con voz apaciguadora—. Los del coro sigan su camino por favor. Creo que esto lo podremos arreglar fácilmente nosotros.

Mientras pasa por su lado, la de la guadaña acaricia la cara de la niña diciendo: —Que niña tan mona —a lo que la niña responde acercando la cara a su mano con una sonrisa melosa.

—El mundo está loco —le dice la señora Lerner a su amiga—. A dónde vamos a ir a parar…

—Rezaremos por la salvación de tu alma, Ricardito —me dice otro, que al pasar por al lado del sheriff, le pregunta— ¿Cree que podría acabar en la silla eléctrica?.

—Nadie acabará en la silla eléctrica. Vamos, vamos, por favor…

Como era de esperar, los del coro no se van de todo. Al llegar a la esquina, se quedan mirando y aguzando el oído. En ese momento, una señora de algo más de cincuenta años con una maleta de viaje, cruza a través del grupo y al vernos, apura el paso hacia nosotros.

—¿Qué ha pasado?, ¿qué ha pasado? —insiste—. ¿Tanie?, te he buscado por todas partes.

—Es usted familiar de esta muchacha? —le pregunta el sheriff.

—Si, soy su abuela.

—¿Cómo se llama la niña?.

—Tanie. Petunia Scott.

El sheriff le hace un gesto a la señora para que permanezca en silencio y se dirige a la niña: —¿Es ese tu nombre?.

—Si.

—¿Y como se llama tu abuela?.

—María Schiff.

—Señora, ¿lleva alguna identificación? —pregunta el sheriff.

La señora hurga en su bolso y le enseña una identificación.

—Bien señora Schiff —continúa el sheriff—, tenemos aquí un pequeño conflicto. Su nieta afirma que este hombre, el señor Kaplan, la ha intentado agredir, y el señor Kaplan afirma que es una falsa acusación y que ha sorprendido a su nieta hurgando en su coche.

—Oh, señor, no tengo el gusto de conocer al señor Kaplan pero no me cabe la menor duda de que lo que dice es verdad y además, si le ha dado un buen bofetón, no se lo reprocharé. No, señor. Estoy segura de que se lo ha merecido.

—¿Ah, si? —contesta el sheriff con cara de sorpresa.

—Bien sabe Dios que así es. Venimos desde Casper y nos dirigimos a Idaho Falls, y este pequeño demonio ha sembrado el caos en cada yarda del camino. Paramos aquí para hacer transbordo de autobús y se me ha escapado apenas hemos puesto el pie en el suelo.

La niña se cruza de brazos y baja la cabeza. Su abuela se dirige a ella: —Tanie, ¿has cogido algo del coche de este señor?.

—No.

—¡¿Tanie?!.

—Que no, abuela. No me ha dado tiempo.

—No se preocupe señora —le digo—, tampoco llevo nada de valor en el coche.

—Ricardo, entiendo que podemos dar el caso por zanjado. ¿Es así? —me dice el sheriff.

—Por mi parte está todo resuelto.

El sheriff se inclina para tener una de sus conversaciones aleccionadoras con los jóvenes un tanto descarriados, y la verdad es que suelen funcionar. Chuck es un gran sheriff y se ha ganado merecidamente el respeto de todos.

—Que Dios me asista. No sé qué voy a hacer con esta cría —dice la señora Schiff en tono de frustración—. Aún tenemos que esperar hasta las cuatro para nuestro autobús.

Tras pensarlo unos segundos, le digo: —Señora, permítame que les lleve en mi coche hasta Idaho Falls. Así la tendrá atada en corto.

—Ya le hemos molestado hoy más que suficiente. Perdería toda la mañana entre ir y venir.

—No es molestia. No me supondrá inconveniente llevarlas.

Nos despedimos del sheriff y subimos al coche. La señora Schiff, con buen juicio, ha preferido sentarse detrás con la niña, para tenerla bien vigilada. Al girar la llave de contacto, en vez de encenderse el coche, comienzan a funcionar los limpiaparabrisas. La niña suelta una larga y sonora carcajada y la señora Schiff se tapa la cara con la mano, con gesto de impotencia.

—¿Es cosa tuya? —le pregunto a la niña, mirándola a través del espejo retrovisor.

—No le quepa duda —contesta la señora Schiff.

—¿Y ahora qué hacemos?. ¡Tendré que ir a buscar al mecánico!.

—No será necesario. Ella lo puede arreglar y lo hará ahora mismo —le dice mirándola en tono enfadado y poniendo énfasis en las últimas palabras.

Su respuesta me deja paralizado. No sé cómo reaccionar a que una niña de doce años hurgue en el motor de mi coche. La señora Schiff se da cuenta de mi incredulidad y añade:

—Su padre es mecánico y le ha enseñado de todo desde muy pequeña. Se le dan muy bien todas las cosas que tengan un motor, aunque generalmente utiliza su conocimiento para la destrucción. En esto sí que puede confiar en ella. Se lo arreglará en un santiamén. ¡¿Verdad, señorita?! —le dice más en tono imperativo que como una pregunta.

Abro el capó y presto mucha atención a lo que vaya a hacer, por si acaso.

La niña se inclina sobre el motor: —Quitamos este cable de aquí, lo empalmamos con este, volvemos a poner este fusible…

En apenas medio minuto, me dice: —Pruebe ahora a encenderlo.

Mientras me dirijo a la puerta, añade: —Si es que es capaz de girar la llave usted solito, claro. Si necesita ayuda, avíseme.

Si no tuviera tanta expectación por ver si lo ha arreglado le retorcería el pescuezo ahora mismo.

Giro la llave y el coche enciende perfectamente. Es asombroso. Salgo para cerrar el capó y volvemos a subirnos al coche.

—¿Cómo has podido entrar en el coche?. Recuerdo haberlo cerrado y no hay nada roto —pero permanece mirando por la ventanilla, ignorando mi pregunta.


Algunas millas más allá, de camino a Idaho Falls, tengo que parar en una gasolinera a llenar el depósito.

—Debo parar en esa gasolinera. ¿Han desayunado hoy?.

—Íbamos a hacerlo nada más llegar a Jackson —responde la señora Schiff—, pero ya ve usted que no ha sido posible.

La gasolinera tiene un amplio y agradable bar de carretera. Ellas piden un vaso de leche caliente con unos bollos. Yo, como ya he desayunado, sólo tomaré un café.

Tras desayunar, la niña le pide a su abuela una moneda para la máquina de música.

—Pero permanece a la vista todo el tiempo —le dice.

Ahora que no está la niña delante, ella nota en mi silencio que no quiero ser indiscreto con preguntas u opiniones.

—Entiendo que tiene usted mucha incertidumbre sobre la situación que está viendo. El caso es que yo también la tengo. Tanie está conmigo desde hace sólo dos semanas y no sé si tengo edad para soportar el nivel de trabajo que da. Pero es una historia un poco larga y complicada; no quiero aburrirle.

Noto que hay en ella la necesidad de expresar mucha frustración. —Por supuesto que no me aburrirá. Yo no tengo hijos como para tener una opinión que le pueda servir de ayuda pero quizá, expresar su frustración con palabras en vez de sólo mentalmente, le ayude a usted misma a encontrar alguna solución.

—Quizá tenga razón. Verá, esta niña no está teniendo suerte en la vida. Su madre, mi hija, murió de enfermedad cuando ella tenía tan sólo cinco años. Su padre… bueno… no era mala persona en absoluto y era, en su relación con la niña, un buen padre; estaban muy unidos, pero no era bueno en nada más. Era un auténtico desastre, incapaz de mantenerse a sí mismo y mucho menos a una familia. Tenía un taller mecánico y más que arreglar coches, jugaban los dos juntos a arreglarlos. Ahora ya entenderá cómo ha podido hacer eso con su coche.

Mientras habla, vigila constantemente que la niña no desaparezca de su vista, y continúa:

—Aunque aparente lo contrario, ella tiene muy buen fondo y con un gran sentido de la justicia. Hace algo más de dos semanas contactaron conmigo porque no localizaban a su padre y me desplacé hasta allí, a Casper. El colegio quería expulsarla por agredir a otro alumno. Cuando comenzamos a indagar, por fin Tanie nos contó que hacía cinco días que no sabía nada de su padre. Una mañana se levantó y papá simplemente no estaba. Todas sus cosas y toda su ropa estaban en casa pero no había rastro de él. La policía no halló ninguna pista sobre el paradero de mi yerno pero se enteraron de que tenía enormes deudas de juego con gente de la peor calaña. Que no deberíamos de ser muy optimistas sobre su vuelta. Esos días Tanie estuvo comiendo lo poco que quedaba en casa y, como dijo ella, tomando prestadas algunas cosas en las tiendas de la zona.

Hace una pausa para respirar hondo y continúa:

—También me contó que el chico al que le zurró es un matón que anda atemorizando a quien le apetece. Es el hijo malcriado de un rico y conocido empresario local y nadie le dice nada; profesores incluidos. Le empezó a robar el bocadillo todos los días a una amiga de mi nieta y cuando esta se enteró, le estampó una silla en la cara. Le rompió la nariz y dos dientes. Cuando la obligaron a disculparse con él, le dijo que lamentaba mucho no haberle roto más dientes. Conmigo delante le dijo al director que estaba encantada de que la expulsaran de allí porque no quería que la educaran semejantes cobardes.

Inclina la cabeza hacia un lado y eleva la voz: —¡Tanie, venga, nos vamos!—. Volviendo a su tono normal, añade: —Ya ve usted. El mundo no le ha dado más que desgracias y ella le está devolviendo desgracias al mundo. Está luchando con él como dos pesos pesados. Es una fuerza de la naturaleza. Creo que si milagrosamente consiguiera enderezarla, esta niña sería capaz de hacer girar el mundo en la dirección correcta.

Pido la cuenta y nos levantamos cuando Tanie llega. La señora Schiff se dirige a los servicios y yo salgo con la niña para esperarla ya afuera.

No dejo de pensar acerca del sentido de la justicia que la señora Schiff afirmó sobre su nieta y le pregunto:

—¿Eres consciente de que hoy podría haber acabado en la cárcel por tu acusación?.

—Le he estado observando desde que aparcó el coche. Después fue a una tienda y después fue a desayunar. No creo que fuera usted a acabar encerrado.

—¿Cómo podrías saber eso con sólo observarme?.

—Veo lo que hace, a quien conoce y como se relaciona… Simplemente lo sé —dice mientras se encoge de hombros—. Siempre observo a la gente antes de hacerles cosas y siempre tengo un plan por si esas cosas salen mal.

Por su respuesta, entiendo que su capacidad es muy superior al autoanálisis que puede hacerse una niña de doce años a sí misma. Creo que las obvias consecuencias de esta explosiva mezcla son por causa de no haber tenido buenos referentes en su vida.

—Ahora es cuando me va a dar uno de esos discursos que dan los mayores, ¿no?.

No puedo evitar una sonrisa ante su pregunta. Aunque hace apenas una hora me gustaría haberle retorcido el pescuezo, ahora siento una gran empatía por esta niña.

—En realidad estaba pensando en cómo hacerlo; no te lo niego, pero me doy cuenta de que no soy quién para hacer eso. No puedo. No te serviría de nada. Pero sí me gustaría mucho que fueras consciente de que tienes ante ti la mejor oportunidad de tu vida.

—¿A qué se refiere?.

—A comenzar una nueva vida con tu abuela. Es una buena persona y se ha comprometido contigo, para que tengas lo que no has tenido hasta ahora. Si aprovechas esta oportunidad verás que el mundo no tiene por qué ser como lo has conocido hasta ahora. Esto no es sólo un cambio de casa o de ciudad; es mucho más. Aprovéchalo.

Mientras le digo esto, ella permanece mirando al suelo, con las manos en los bolsillos y dibujando garabatos en el suelo con la punta del zapato pero sé que me está escuchando. Sólo es una niña atemorizada ante lo desconocido.

—Confía en tu abuela y las cosas te irán bien. No te decepcionará. ¿Has oído?. Tenlo presente; ella no te abandonará.

Sigue dibujando garabatos en el suelo pero noto que se empieza a poner nerviosa. No sé cómo hacer esto; temo estar haciendo más mal que bien. En ese momento sale la señora Schiff: —Ya estoy aquí.

Ricardo Kaplan y La Pequeña Calamidad
Personajes 3D: Luis Polo – Foto de fondo: Lobo Tactical e Inteligencia Artificial

Tanie levanta la cabeza y me mira. Con media sonrisa asomando, me dice: —¿Sabe qué?. No tiene usted cara de tonto. Bueno sí pero sólo un poco.


Hacia media mañana llegamos a Idaho Falls y sigo las indicaciones de la señora Schiff para llegar hasta su dirección. Es una pequeña y modesta casa de planta baja con un pequeño jardín, muy limpia y bien cuidada.

Nos despedimos y ambas se quedan frente a la casa, viéndome marchar. Cuando arranco el coche, Tanie, de repente, se acerca corriendo a la ventanilla. Hurga en su bolsillo y me muestra una llave: —¿Ve esto?. Es una llave maestra de mecánico de su marca de coche. Yo ya no la necesitaré. Por si algún día pierde la suya —y la deja sobre el asiento.

—No todo será un camino de rosas, Tanie, pero eres capaz de hacerlo. Lo sé.

—No me da miedo lo difícil —contesta. Y añade: —Usted venga a visitarnos alguna vez, ¿vale?. Prométalo.

—Lo haré. Lo prometo.

Mientras el coche empieza a rodar, noto como inconscientemente una sonrisa de emoción se dibuja en mi acara. Con esa sensación de cuando te ves metido en algo que no buscabas y no sabes cómo salir, pero al final acaba bien.

Hoy, en una sola mañana, han intentado robarme, me han dado patadas, me han ridiculizado, me han acusado de pervertido, también de raptor, de tener cara de tonto, de no saber ni girar una llave, de haber echado a perder mi vida y han querido llevarme a la silla eléctrica. Y sin embargo, quizá haya valido la pena.

—¿Qué demonios?. Claro que ha valido la pena.

FIN

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