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Ricardo Kaplan y el Caso del Hombre que Cayó del Cielo

(Tiempo aproximado de lectura: 14 minutos)

Una mañana de Abril del año 1953, ocurrió algo que rompió la apacible monotonía de Jack Pine.

Era martes y me me dirigía a primera hora de la mañana a casa de mis padres, en la ranchera, a echar una mano con el ganado; había mucho que hacer en estos días y yo no tenía encargos de expediciones hasta el fin de semana.

En esta época, los rigores del invierno ya van quedando atrás pero todavía hace bastante frío y hay aún nieve en las montañas de alrededor. Tampoco es raro que caiga aún alguna nevada en el valle pero estos días el cielo está despejado, no hace nada de viento y el paisaje está espectacular.

En las cumbres de los alrededores puede nevar incluso en verano pero como llevamos ya varios días con cielos azules, buena parte de esta se ha derretido haciendo que los arroyos que caen al valle vengan muy cargados de agua. Sólo las zonas altas y las más sombrías se mantienen aún blancas.

Al aparcar, antes de entrar en la casa, aprovecho para liarme un cigarro y fumarlo contemplando el paisaje, disfrutando apaciblemente ambas cosas y también de los sonidos típicos de la hora del desayuno que vienen desde la cocina, mientras el sol comienza a alumbrar las cumbres y la helada empieza a evaporarse formando una bruma a ras de suelo con destellos cristalinos.

El radar maternal de ma me ha detectado y la veo apartando una cortina para verificar mi presencia, dedicándome una amplia y cálida sonrisa.

El humo del cigarro se mezcla con el vaho del aliento formando una enorme humareda, a lo que mi padre, que en ese momento sale por la puerta, me dice: —Pareces una chimenea.

Justo en ese momento le hago un gesto con la mano para que permanezca en silencio, mientras intento agudizar el oído. Hace unos segundos que me parece escuchar a lo lejos un motor. Aquí no se escuchan motores habitualmente más que de los vehículos de los pocos vecinos que somos en el valle. Pero este ruido no es de una camioneta. Me es extrañamente familiar.

—¿Escucha eso?—, le pregunto.

—Sí, se oye un motor a lo lejos. Parece que se acerca.

Aunque me parece muy extraño que lo sea, creo reconocer el motor de una avioneta pero aún no se oye bien. Dentro del valle, los sonidos resuenan mucho y no es fácil distinguir de donde vienen. A los pocos segundos, a lo lejos, una pequeña avioneta aparece por entre las cumbres. Vuela en dirección suroeste, hacia nosotros, y es evidente que sufre algún problema. Aunque está algo lejos para distinguirlo con claridad, el motor no parece sonar bien; da la impresión como si le costara mantenerse encendido, vuela demasiado bajo y la notable trayectoria de descenso que lleva no le dirige a ningún sitio donde pueda aterrizar una avioneta; ni siquiera llegará hasta este valle. Ambos somos conscientes de que se va a estrellar.

—Ensílleme un par de caballos y tráigame el botiquín, por favor. Mientras, veré donde cae.

Tras decir esto, el motor dejó de sonar definitivamente. Planeando durante unos segundos, finalmente cayó pasado el pico Antoinette, a menos de cinco millas de aquí. No cayó en picado y, aunque desde aquí abajo no se pudo ver el impacto, juraría que no ha habido explosión y no se ve humo, lo que puede dar alguna opción a quien vaya dentro.

Me dirigí rápidamente a ayudar con los caballos. Pa ya tenía preparado uno de ellos para mi y el otro ya casi estaba listo: —Además del botiquín, he puesto las alforjas con unas mantas y varillas con bridas, por si hay que hacer algún torniquete o algo.

—Gracias. Si sigo el Swift tardaré menos de una hora en llegar si no hay demasiada nieve más arriba. Me hago una idea de por donde puedo subir rápidamente.

—Bien. En ese tiempo ya habrá alguien en el ayuntamiento. Telefonearé para avisar.

El Swift es un pequeño y corto arroyo que desemboca en el Granite; el que cruza el valle. Ahí arriba ya se adentra uno en la espectacular cordillera del Gros Ventre, encajonada entre el Grand Teton y el Bridger-Teton. Son estos sitios que me rodean los que me hacen sentir que no podría vivir en un lugar mejor.


A sólo unos pocos minutos de alcanzar el lugar del accidente, se escucha un helicóptero. Estos hacen un ruido ensordecedor y, aunque desde aquí no lo puedo ver, por cómo resuena sé que está dentro del valle. En poco tiempo el sonido se detiene pausadamente. Una avioneta y un helicóptero aquí, la misma mañana, es tan extraordinario que no cabe duda de que ambas cosas están relacionadas.

Poco después ya comienzo a ver en los árboles evidencias del accidente. Parece que el piloto ha sido hábil y fue capaz de encontrar el lugar menos malo para estrellarse, en una zona medianamente llana y al principio de una arboleda, donde aún no es lo suficientemente densa.

Al llegar al llano, veo a un hombre que, al escucharme, se levanta a duras penas y me saluda con una mano. La otra la tiene cubriendo el lado derecho de la cabeza, de donde brota un hilo de sangre y se apoya en una pierna, dejando la otra medio en el aire. Va en mangas de camisa y toda su ropa está sucia y rota por el accidente.

—¿Se encuentra bien?— le pregunto. —¿Hay alguien más con usted?.

—Dadas las circunstancias, creo que estoy bastante bien. Vengo solo. Soy Mike; Mike Kowalski. Gracias por venir. La verdad es que pensaba que aquí no habría nadie lo suficientemente cerca como para enterarse de mi accidente.

—Faltaría más. Ricardo Kaplan. Me alegra verle así; no sabía lo que podría encontrarme. Permítame que le eche un vistazo a sus heridas— le digo mientras me voy acercando. No se aprecia a simple vista ninguna herida fea.

Es un hombre más o menos de mi edad, quizá un poco mayor, de treinta y muchos o cuarenta y pocos, sin ningún rasgo físico destacable. Tampoco le noto ningún acento o deje en el habla que me sirva para identificar su procedencia.

Ricardo Kaplan y El Hombre que Cayó del Cielo
Personajes 3D: Luis Polo / Foto de Fondo: WallHere

Al llegar a donde está, nos estrechamos la mano y comienzo a revisarlo detenidamente, como solíamos hacer en la guerra. Primero alrededor de los órganos vitales, tórax y cabeza, y después las extremidades. Al mismo tiempo me fijo en que me sigue con la mirada sin dificultad. No se le ve nada más que rasguños y mueve todo el cuerpo con facilidad y sin dolor excepto la pierna izquierda, pero no parece haber una lesión interna; sólo un doloroso golpe.

La única herida que sangra es en el lado derecho de la cabeza pero ni siquiera es lo suficientemente grande como para necesitar puntos. Se ve fricción a ambos lados de la herida por lo que parece simplemente un rasguño y no un golpe. Se la limpiaré y en unos minutos dejará de sangrar.

—¿Qué tal esa cabeza?, ¿le duele o se nota aturdido?.

—Está bien, lo de la cabeza ha sido una rama que ha entrado a toda velocidad pero ni siquiera me ha dado un golpe; sólo me ha rozado. Si no, me habría matado, seguro. Sólo me molesta la pierna pero estoy seguro de que no hay nada roto; sólo ha sido un fuerte golpe— al igual que pienso yo.

Al momento, me pregunta con cara de cierta complicidad: —¿Veterano o médico?.

Ha visto algo que le es familiar. —Veterano. ¿Usted también?.

—Si pero es algo que prefiero no recordar. No se incomode.

—Lo comprendo perfectamente, no se preocupe.

Le doy un jersey que llevo por debajo y del que puedo prescindir, y le pongo por los hombros una de las gruesas mantas que traigo. Después, le limpio la herida y le pongo una venda alrededor de la cabeza.

—¿Cómo es que ha acabado aquí estampado en medio de ninguna parte?, ¿qué le ha pasado?.

—Una estupidez por mi parte— me contesta. —Soy un piloto novato y me he envalentonado pensando que podría cruzar las montañas. Me he quedado sin combustible.

Me lo cuenta con una sonrisa nerviosa de aparente vergüenza pero algo no me cuadra. Esta manera de minimizar un accidente inevitable en una cordillera no es la de un piloto inexperto; ha sido muy hábil, y con el depósito de esta avioneta agotado probablemente venga de muy lejos; no ha llegado hasta aquí por por darse un paseo. Esta habilidad para aterrizar es incongruente con alguien que se mete en las Rocosas casi sin combustible. Me está dando una respuesta evasiva. De momento, por prudencia, no le preguntaré si sabe algo sobre el helicóptero hasta que tenga algo más de información.

—Le sacaré las cosas de la avioneta y nos marcharemos, ¿de acuerdo?— le pregunto.

—No se preocupe, no llevo nada mas que este maletín— me contesta, pero ya me había encaminado hacia los restos antes de esperar su contestación.

Apenas ha quedado nada de las alas, que se han ido destrozando contra varios árboles, pero la cabina ha resistido muy bien. Ha ido deslizándose y sólo ha chocado con ramas. Y es lo único que hay dentro; ramas, excepto una inocente chaqueta de lana que ha quedado destrozada entre estas. Nada más, lo que es realmente extraño.

Ya me había fijado en el maletín pero no le había dado importancia hasta ahora. Es un maletín de madera, como los de las máquinas de escribir, pero eso no es una máquina de escribir; es más grande.

—¿Sabe montar?— le pregunto.

—Sí, si me echa una mano para subirme no tendré problema para cabalgar.

Le ayudo a incorporarse mientras él coge el maletín, que parece pesado.

—Bajaremos hasta el valle. Allí podrá telefonear a quien quiera, cogeremos mi coche y le llevaré hasta Jackson para que le vea un médico.

—¿Hay un pueblo o algún transporte público en el valle?— me pregunta.

—Oh, no. Es un lugar apartado y ni siquiera hay asfalto. El pueblo más cercano con transporte público es Jackson.

—¿El valle está de camino a Jackson?.

—En cierto modo, sí. Para ir a mi coche en el valle debemos de ir en dirección sur-suroeste. Jackson está en dirección noroeste pero no hay camino desde aquí sin dar un rodeo antes por el valle.

—Pero, campo a través, ¿es posible ir a Jackson a caballo desde aquí?.

Ahora ya sé que quiere evitar a quien venga en el helicóptero. Con evidente cara de extrañeza, le contesto:—Sí. No es un recorrido difícil aunque también tendremos que rodear algunas montañas pero verá, aún así serán más de veinte millas por un terreno que no es precisamente una autopista; con suerte llegaríamos al anochecer. No podría coger un autobús ya hasta mañana. Es la peor de las opciones. Si bajamos al valle, a mediodía estará ya en Jackson y, si lo desea, podrá coger un autobús que le saque de aquí hoy mismo.

—Ha venido hasta aquí para ayudarme y se lo agradezco de todo corazón— me contesta —pero debo llegar al pueblo directamente. Tengo motivos para que sea así. Le pagaré si me lleva hasta allí o le compraré uno de sus caballos. Llevo dinero suficiente encima; se lo puedo enseñar. Aunque no lo comprenda, es mi única opción.

La situación es evidentemente sospechosa, sin embargo no tengo ninguna certeza sobre nada y si le dejo ir solo, probablemente se perderá y morirá de frío.

—De acuerdo— le digo.—Le llevaré hasta Jackson pero de ninguna manera le cobraré por ayudarle.

—Se lo agradezco. Entonces, por favor, no hay tiempo que perder.

Nos preparamos para salir y me doy cuenta de que en esta situación, empieza a preocuparme el helicóptero. Me voy a alejar durante al menos dos jornadas sin saber si en el valle puedan estar teniendo algún problema.

—Antes de salir, necesito saber sobre ese helicóptero— le digo. —Es tan importante eso para mi como para usted llegar a Jackson. Sé que lo ha escuchado y que tiene relación con usted.

—Entiendo su preocupación— me interrumpe. —Verá, hay cosas que no le voy a contar pero sepa usted que en lo que le cuente, no le mentiré. Las personas de ese helicóptero le puedo asegurar que no perjudicarán a sus seres queridos o a quienquiera que haya en en ese valle. Se lo aseguro; no se preocupe por eso.

—Ya me ha mentido cuando me ha dicho que era un piloto inexperto.

—Es cierto y le pido disculpas pero entiéndame, en aquél momento la situación era diferente y tuve que improvisar; no esperaba que viniera nadie. Ahora, como le digo, hay cosas que no le contaré pero no tengo motivo para mentirle. Esas personas no harán nada malo a sus seres queridos.

Obviamente este hombre está escapando y alguien le persigue. No parece una persona violenta; se ha ofrecido a pagar por la ayuda y no ha sido amenazador en ningún momento. Quizá sea un ladrón de guante blanco y en el helicóptero vengan policías. Sin embargo sigo sin ninguna certeza. Creo que la mejor opción es seguirle el juego y una vez en Jackson, no perderle de vista hasta saber quiénes son sus perseguidores; tendré tiempo de sobra para eso.

Apenas un par de minutos después de iniciar camino se vuelve a escuchar el helicóptero. Pensé que quizá iniciaría una búsqueda por el valle y las montañas de alrededor pero en vez de eso, el sonido se va desvaneciendo en la distancia hasta desaparecer.


Durante el camino, el hombre inicia una conversación y se interesa por mi vida pero con preguntas banales y genéricas; no me hace preguntas personales. En realidad parece un hombre culto, amable y con educación, y lo que más me inquieta: sin el menor ápice de maldad o retorcido interés que me ayuden a juzgar si debo ayudarle a él o a sus perseguidores.

Ambos, de forma disimulada, estamos continuamente atentos a algún signo que nos indique si alguien nos sigue. No conozco su pericia para detectar eso pero yo, de momento, no noto ningún indicio.

Hemos estado viajando hacia el oeste, siguiendo el curso de algunos arroyos para rodear las montañas. No es ninguna estrategia por mi parte; es el camino más fácil y rápido. Él es consciente y le explico el motivo. No lo pone en duda porque a simpe vista se ve que ir directamente nos mete en una zona alta de agrestes cumbres nevadas. Cuando lleguemos a los alrededores del pico Pinnacle, cambiaremos el rumbo hacia el noroeste en línea ya casi recta hacia Jackson. Esa es la parte más larga pero también la más fácil de todo este recorrido.

Cuando por fin comenzamos a girar en dirección noroeste, a buscar el nacimiento del arroyo Cache que nos llevará directamente al pueblo, todavía no hay indicios de que nos sigan pero estoy cada vez más alerta.

No mucho después, en una loma alta con una visión dominante, bajo del caballo y miro atentamente en dirección contraria. El sol alumbra ya con toda su plenitud y la visibilidad es inmejorable. A poco más de una milla, se divisan las formas de tres hombres a caballo que vienen en nuestra dirección, al galope.

En ese instante, noto una pisada a mi espalda, demasiado cerca, a la vez que escucho el zumbido de un movimiento muy rápido. Es asombroso la cantidad de cosas que pueden pasar por la mente en una fracción de segundo.

Sé que voy a ser golpeado en la cabeza. Los músculos del cuello se tensan con todas sus fuerzas haciendo que los hombros se contraigan. Siento algo de rabia por no haber estado lo suficientemente atento a esta situación pero tampoco estoy seguro de haber tenido suficientes motivos para esperarla. Que ni siquiera haya intentado convencerme de que es él quien merece mi ayuda y no sus perseguidores, convierte a estos automáticamente en los buenos y hasta podría jurar que reconozco el imponente tamaño de mi padre en una de las siluetas que se acercan. Eso me da cierta tranquilidad.

Noto el fuerte impacto detrás de la oreja derecha, un poco hacia abajo, en la base del cráneo, de algo muy duro y pesado, probablemente el misterioso maletín, pero no tendré tiempo de sentir el dolor. El día está precioso y el paisaje es bellísimo; esa es la imagen que se fija en mi mente mientras todo se vuelve negro, al mismo tiempo que escucho una voz que dice en perfecto ruso:

—Mne ochen’ zhal’, moy drug.

Continuará

Este enlace te lleva al segundo capítulo.

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